martes, 13 de enero de 2026

EL PODER DE UNA ORDEN DADA POR JESÚS

Si continúas leyéndome a menudo, estoy segura de que vas a notar mi gran asombro por la palabra de Dios aun en pasajes bíblicos tan reconocidos, con los que a veces terminamos familiarizándonos y pensando que somos muy conocedores de lo que ocurrió ahí. Y es que de verdad a mi la palabra de Dios no me deja de sorprender siempre hay algo, un detalle simple que termina "volando mi cabeza".

Hoy estuve leyendo en Mateo 8:28-34 donde nos habla de los endemoniados gadarenos, que creo que he escuchado al respecto desde muy niña: "Y cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos, le salieron al encuentro dos endemoniados... Y gritaron, diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios?"

Esta historia de los endemoniados gadarenos es un poderoso testimonio del poder liberador de Jesús. En este relato, vemos que, al encontrarse con estos hombres atormentados, Jesús simplemente habla una palabra de dos sílabas, esta fue mi gran revelación de hoy, una palabra de dos sílabas, y esta palabra, llena de autoridad, trae liberación instantánea. Esto nos recuerda que no necesitamos un elaborado ritual o un extenso proceso para experimentar la transformación; todo lo que se requiere es la palabra de Jesús.
 
Cuando Jesús dijo “id” a los demonios, su autoridad sobre el reino espiritual fue evidente, haciendo notar la gran verdad que había hablado en Mateo 28:18, cuando Jesús dice: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.” Su palabra es suficiente para cambiar nuestra realidad. Este poder no es arbitrario; proviene de su profunda comunión con el Padre. Jesús pasaba tiempo en oración, buscando la guía y la fortaleza divina. En Lucas 5:16, se menciona que "él se apartaba a lugares desiertos y oraba". Esta preparación espiritual es clave para que su palabra tenga un impacto transformador.

Es por esto que los demonios, al ver a Jesús, no solo lo identificaron como un hombre, sino que reconocieron su verdadera naturaleza divina y su autoridad. En Mateo 8:29, gritan: "¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios?" Su reacción revela que, incluso en su estado de rebeldía, sabían quién era él y el poder que poseía. Este reconocimiento es un testimonio del dominio absoluto de Jesús sobre el reino espiritual. Antes de que él pronunciara una sola palabra, los demonios ya estaban aterrorizados por su presencia. Esto nos enseña que la autoridad de Jesús no depende de nuestras palabras o acciones, sino que está intrínsecamente ligada a su identidad como Hijo de Dios. Ellos temían su poder, recordándonos que, aunque a veces podemos dudar, las fuerzas del mal conocen la verdad y la autoridad de Cristo.

En Lucas 4:18, se nos dice que Jesús vino a liberar a los cautivos y a dar vista a los ciegos. Su deseo es que todos vivamos en libertad y plenitud y los demonios lo saben e intentan impedirlo, sin embargo siempre habrá libertad donde esté Jesús. Para aquellos que se sienten perdidos o atormentados, es esencial recordar que Jesús no solo tiene el poder de liberar, sino también el deseo de hacerlo. Su compasión es inagotable.

La oración fue una parte fundamental del ministerio de Jesús. Antes de realizar milagros y pronunciar palabras de autoridad, Él se retiraba a orar, buscando la dirección y el poder del Espíritu Santo. Esta práctica no solo lo fortalecía, sino que también alineaba su voluntad con la del Padre. En Juan 5:19, Jesús dice: “De cierto, de cierto os digo, que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre.” Su oración lo preparaba para actuar con poder, mostrando que la verdadera autoridad proviene de una vida de comunión con Dios.

Después de que los demonios fueron echados, los gadarenos vieron el milagro y se asustaron. En Mateo 8:34, se nos dice que le rogaron a Jesús que se fuera de sus tierras. Esto puede parecer extraño, pero refleja la incomodidad que a veces sentimos ante lo desconocido aun cuando puede ser algo bueno. La liberación trae cambios, y no todos están listos para aceptarlos. Sin embargo, la verdadera liberación siempre lleva a la vida abundante que Jesús prometió en Juan 10:10: Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Pero para recibir y tener esa vida en abundancia, debemos recibir a Jesús, no cerrarle las puertas de nuestros corazones como aquel pueblo de alguna forma le cerró la puerta de la ciudad.

Este relato nos invita a reflexionar sobre nuestras propias vidas. ¿Qué áreas de nuestra vida necesitan la palabra liberadora de Jesús? Tal vez hay ataduras que nos mantienen cautivos, ya sean miedos, adicciones o heridas emocionales. La buena noticia es que Jesús está dispuesto a hablar sobre esas situaciones.

Así como Jesús ejerció su autoridad y poder sobre los demonios, también nosotros estamos llamados a hacer lo mismo en su nombre. En Juan 14:12, Jesús nos asegura: “El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará.” Este es un poderoso recordatorio de que, como creyentes, tenemos acceso a la misma autoridad que Él demostró en la tierra. Sin embargo, esta autoridad no se manifiesta sin preparación. Al igual que Jesús, debemos sumergirnos en la oración y buscar una relación profunda con el Padre. La oración nos equipa y nos alinea con la voluntad de Dios, permitiéndonos actuar con confianza y fe. Que este sea un llamado para que cada uno de nosotros busque esa comunión diaria con Dios, para que así podamos ser instrumentos de su poder y amor en un mundo que tanto lo necesita.

Hoy, te animo a acercarte a Jesús, a clamar por su palabra en tu vida. No importa cuán grande sea tu carga, Él tiene el poder y el deseo de liberarte. Su palabra es suficiente. Recuerda que, así como los endemoniados gadarenos encontraron liberación, tú también puedes experimentar esa transformación. La oración es el camino que prepara nuestro corazón y nuestra mente para recibir su poder. No te quedes atrapado en la desesperación; la libertad está a un clamor de distancia.

Haz esta oración:
Señor, vengo ante ti con un corazón abierto. Reconozco las áreas de mi vida que necesitan tu palabra liberadora. Te pido que hables a mi vida y me liberes de todo lo que me ata. Ayúdame a buscarte en oración, como lo hiciste tú, para estar listo para recibir tu poder. Confío en tu compasión y en tu autoridad. Amén.

 

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