“Y si alguno no os recibe, ni oye vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad.” Mateo 10:14-15
La misión de Jesús al enviar a sus doce apóstoles no solo era un llamado a predicar el evangelio, sino también a advertir sobre la seriedad de la recepción de su mensaje. Al instruirles a sacudir el polvo de sus pies, Jesús estaba enfatizando la importancia de que fueran escuchados como enviados suyos. Ignorar su mensaje no solo conlleva la pérdida o la ignorancia de la verdad, sino que también se convierte en una transgresión ante los ojos de Dios, con consecuencias eternas.
Cuando rechazamos la palabra de Dios, estamos cerrando la puerta a la sabiduría y la revelación que Él desea impartirnos. Romanos 10:17 nos recuerda: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” La fe no es solo un acto de voluntad; es una respuesta a lo que escuchamos. Cada vez que nos exponemos a la predicación y a la enseñanza de la Palabra, estamos alimentando nuestra fe y fortaleciendo nuestra relación con Dios.
La advertencia de Jesús sobre el castigo que enfrentan aquellos que no escuchan su mensaje subraya la gravedad de este asunto. En Lucas 10:16, Jesús dice: “El que a vosotros oye, a mí oye; y el que a vosotros desecha, a mí desecha.” Esto nos recuerda que no se trata solo de ignorar a un mensajero humano, sino de rechazar la voz de Dios mismo. En el día del juicio, cada uno será responsable de cómo respondió a la verdad que se les presentó.
Asimismo la Palabra de Dios no solo debe ser escuchada, sino también aplicada. En Santiago 1:22, se nos exhorta: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.” La verdadera transformación ocurre cuando tomamos lo que hemos escuchado y lo llevamos a la acción. No es suficiente conocer la verdad; debemos vivirla. Este principio es vital para nuestro crecimiento espiritual y nuestra relación con Dios.
La práctica de escuchar y actuar sobre la palabra de Dios es un camino hacia la madurez espiritual. Colosenses 3:16 nos anima: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros; enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría.” Aquí, se nos invita a sumergirnos en la Palabra, a aprender unos de otros y a crecer juntos en la fe. Este proceso no solo nos edifica individualmente, sino que también fortalece a la comunidad de creyentes.
El tiempo es esencial. En un mundo lleno de distracciones y voces que intentan apartarnos de la verdad, debemos hacer un esfuerzo consciente por acercarnos a Dios a través de su Palabra. La búsqueda de la verdad divina es un acto de amor y obediencia. En Proverbios 2:1-5, se nos invita a buscar la sabiduría como se busca la plata, a esforzarnos por entender la Palabra, porque en ella encontramos la vida.
Hoy, te animo a abrir tu corazón y tus oídos a lo que Dios quiere decirte. No dejes que la rutina diaria te aleje de la oportunidad de escuchar su voz. Cada mensaje, cada prédica, cada lectura de la Biblia es una invitación a conocer más de él y a experimentar su amor transformador y a renovar la esperanza en el conocimiento de todos los buenos planes que él tiene para cada uno de nosotros.
Oración
Señor, te pedimos que abras los oídos y corazones de quienes leen este devocional. Que a partir de hoy, en sus vidas nazca un hambre insaciable por tu Palabra y un deseo de escuchar las enseñanzas de aquellos que has llamado a predicar. Que cada uno de nosotros pueda reconocer la importancia de ser no solo oidores, sino hacedores de tu palabra. Amén.

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