Lo que deseo escribir hoy es 100% real, es como un Eco de la Salvación hacia un desconocido que no alcanzo entender si se trata de mi llamado, de mi propósito, de mi locura o cordura, no lo sé, pero espero descifrarlo algún día.
Desde el año 2012, cada vez que mis párpados se cerraban, el mundo conocido se desvanecía para dar paso a un escenario recurrente, un sueño vívido que se negaba a ser efímero. La escena comenzaba siempre con la misma imagen: un niño, frágil y empapado, emergiendo del mar como un náufrago del propio subconsciente. Sus fuerzas estaban agotadas, como si hubiera luchado una batalla mortal contra las olas. Mi reacción era instintiva: correr hacia él, envolver su cuerpo tembloroso en abrigo y entonar oraciones hasta que el calor regresara a sus miembros.
Una vez restaurado, iniciaba la búsqueda de sus orígenes. Pronto encontrábamos a sus padres, figuras marcadas por la angustia, cuyo alivio al reencontrarse con el pequeño era una explosión de gratitud tan pura y desbordante que nunca antes había conocido. Eran extranjeros, sus acentos y vestimentas vagamente reconocibles, pero su identidad nacional permanecía envuelta en la niebla del sueño. La despedida era tierna; el niño se aferraba a mí con una dulzura conmovedora, mientras sus padres lloraban de felicidad. Al dar apenas unos pasos para alejarme, el padre me detenía. Con un gesto solemne, como quien ofrece un juramento sagrado, se inclinaba, sosteniendo un cofre antiguo y pesado, y me suplicaba: "Recíbelo, por favor. Es nuestra gratitud por devolvernos a nuestro hijo."
Esta secuencia se repetía, idéntica, durante cuatro años, una cinta cinematográfica que mi mente reproducía sin cesar.
La Nueva Urgencia
El ciclo anterior se rompió en este 2016. La visión no desapareció, sino que mutó, su urgencia se hizo más inmediata y urbana. El mar fue reemplazado por el asfalto. Ahora, veía a otro niño hermoso, pero esta vez al borde del desastre: a punto de ser arrollado frente a la plaza del Ágora Mall. Sin tiempo para el cálculo o el miedo, me lanzaba. El rescate era exitoso; lo levantaba como si fuera una extensión de mi propio ser y corría, protegiéndolo, hacia la seguridad de la plaza.
En esta nueva narrativa, la búsqueda de los padres era fugaz. Ellos estaban allí, observando, paralizados por la inmediatez del peligro, incapaces de intervenir con la rapidez que mi proximidad me permitió. Su gratitud era frenética, casi violenta en su intensidad. Estos padres, de apariencia judía, estaban desbordados. "Queremos transferir parte de nuestras riquezas a tu cuenta," me dijeron, sus voces temblando. "Hemos estado a punto de perder lo más valioso, y tú arriesgaste tu vida por él. Es lo mínimo que podemos hacer." Y así, con una certeza material que contrastaba con el misterio anterior, me condujeron a una sucursal de Scotiabank, donde se sellaba mi sustento económico de por vida.
Fin de la visión.
HACE 10 MINUTOS · AMIGOS
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