Al adentrarnos en el camino de la fe, es común que se nos presente la voluntad de Dios como un sendero de paz y bienestar constante. Sin embargo, la Escritura nos revela una verdad mucho más profunda y, a menudo, más ardua: la doctrina de hacer la voluntad divina es, inherentemente, una doctrina de sacrificio y perseverancia. No es una fórmula mágica para evitar el sufrimiento, sino la ruta hacia la plenitud eterna, aunque el trayecto esté lleno de espinas.
sábado, 27 de septiembre de 2025
La Difícil Doctrina de hacer la Voluntad de Dios
La voluntad de Dios, en su esencia más pura, exige una rendición total que choca frontalmente con nuestra naturaleza humana y nuestros deseos inmediatos. Jesús mismo, nuestro ejemplo supremo, nos mostró la crudeza de esta obediencia en Getsemaní. Él no pidió que se le quitara la copa, sino que se hiciera la voluntad del Padre.
Podríamos decir entonces que el costo de la obediencia genuina es una copa amarga.
Hacer la voluntad de Dios casi siempre implica ir a contracorriente de lo que el mundo nos ofrece y de lo que nuestra carne anhela. Requiere despojarse del ego y abrazar el camino estrecho. En Gálatas 5:17 el apóstol Pablo nos advierte sobre esta fricción constante:
"Porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; y éstos están en oposición, para que no hagáis lo que quisierais."
Esta lucha interna es el campo de batalla donde se define nuestra fidelidad. ¿Cuántas veces hemos sentido el llamado a perdonar cuando el dolor grita venganza? ¿Cuántas veces hemos sido llamados a la humildad cuando el orgullo nos empuja a exigir nuestro derecho? Jesús mismo nos recuerda que el discipulado tiene un precio:
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame." (Mateo 16:24).
La cruz no era un adorno; era un instrumento de tortura y muerte. Seguir a Cristo, y por ende, hacer Su voluntad, implica morir diariamente a nuestros propios proyectos y abrazar aquello que, humanamente, parece una fatalidad. Los procesos son duros; las pruebas nos quiebran. El fuego de la aflicción no está diseñado para destruirnos, sino para refinar aquello que es digno de permanencia. Como bien se nos enseña:
"Someteos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo." (1 Pedro 5:6).
Lo que nos recuerda que hay un galardón inconmensurable, el cual representa la bendición del que permanece.
Si la doctrina fuera solo dolor, nadie la seguiría. Pero aquí reside la gloria de la promesa: aquellos que, a pesar del dolor, los procesos y las pruebas, deciden anclar su alma en la obediencia, cosechan recompensas que eclipsan cualquier sufrimiento terrenal. La bendición no es solo una recompensa futura; es una paz que sobrepasa todo entendimiento en medio de la tormenta.
La Palabra nos asegura que nuestra labor en el Señor nunca será en vano. Cuando el camino se hace cuesta arriba y las fuerzas flaquean, debemos recordar la promesa de perseverancia:
"Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados." (Romanos 8:28).
He optado por sombrear esta última parte de este famosísimo versículo, porque lo cierto es que muchos lo obvian, y lamentablemente, sin ella, la primera parte carece de sentido y veracidad, pero digamos que es otro tema, no salgamos del enfoque de que esta es la promesa central: que incluso el dolor y la dificultad son herramientas que Dios usa para cumplir Su propósito en nosotros. Pero el premio final, el galardón eterno, es el más grande de todos: la comunión íntima con el Creador. Jesús lo expresó con claridad, vinculando la obediencia a la residencia divina:
"Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor." (Juan 15:10).
Hacer la voluntad de Dios es la única vía para habitar en Su amor de manera consciente y constante. Además, se nos promete una herencia inmarcesible:
"Porque el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre." (1 Juan 2:17b).
Mientras que las glorias y riquezas de este mundo son pasajeras, la recompensa de la obediencia es la eternidad. Es un llamado a la paciencia activa, a la fe que actúa a pesar del miedo, y a la esperanza que se aferra a lo que no se ve.
El Crisol de la Fidelidad a Dios
"El crisol para la plata, y la hornaza para el oro; pero Jehová prueba los corazones."
Proverbios 17:3
Así como la fe es probada, también nuestra fidelidad a Dios lo será y creo que no hay mejor manera que al decidir hacer o no hacer Su voluntad, pues esta trasciende la mera aceptación pasiva; es una doctrina que nos exige una reestructuración completa de nuestra cosmovisión. Si bien es cierto que Dios es amor, Su voluntad opera bajo principios eternos que a menudo resultan incómodos para la sensibilidad terrenal. El camino de la obediencia no es una autopista sin peajes, sino un sendero que, para ser recorrido, demanda la desposesión activa de aquello que más atesoramos en esta vida, como lo son por ejemplo, tener el control, esperar en quietud o salir nuestra comodidad, y ahí es donde será probada nuestra fidelidad a Dios.
Hay una gran profundidad en lo que es el despojamiento, y esta va más allá de lo que es cargar nuestra cruz y seguirle
La dificultad de esta doctrina radica en que la voluntad de Dios no se manifiesta solo en grandes actos heroicos, sino en la micro-gestión de desapego de cada día, pues estamos apegados a tantas cosas que no nos permiten hacer la voluntad de Dios, que debemos reconocer que dejarlas atrás, soltarlas, representan para nosotros una pérdida tan fuerte como perder un miembro de nuestro cuerpo, quizás lo vemos como un ojo o una pierna, sin embargo, esto también habla del lugar en el que tenemos a Dios en nuestros corazones, y me trae a memoria el joven rico al que Jesús le dijo que vendiera todo y le siguiera, eso fue imposible para él, porque quería hacer lo bueno, pero sus riquezas estaban más cerca de su corazón que hacer la voluntad de Dios. Podríamos decir que en esencia, el proceso de ser moldeados conforme a la imagen de Cristo (quien hizo la voluntad del Padre a pesar de lo que esto conllevó), es un proceso inherentemente doloroso porque implica la fricción constante entre lo que somos por naturaleza y lo que estamos destinados a ser por gracia, pero que a la vez, nos conlleva una decisión, una elección que solo nosotros mismos de manera individual podemos tomar.
Si volvemos a la figura de Jesús, su obediencia no fue solo someterse a la crucifixión final, sino a la renuncia diaria de Su propia agenda terrenal. Esto nos enseña que la voluntad divina a menudo requiere que nos enfrentemos a sacrificios que no son dramáticos, sino silenciosos y constantes:
1. El Sacrificio de la Visión Cortoplacista (fe): Se nos pide creer en lo invisible. Hebreos 11:6 nos recuerda que es necesario creer que Dios es, y que es galardonador de los que le buscan. La dificultad surge cuando la recompensa no es inmediata. ¿Cómo mantenemos la fe en la provisión cuando el pan no llega hoy? La voluntad de Dios nos exige confiar en el mañana divino por encima del hoy humano.
2. El Sacrificio del Ego y la Identidad (rendición): La voluntad de Dios nos llama a un rol de siervos, no de señores. El mundo exalta la autoafirmación, pero el Evangelio exige la auto-negación. Este despojo incluye renunciar a la necesidad de tener la razón, de ser reconocidos o de controlar el resultado de nuestras oraciones. Pablo lo expresa en términos de pérdida necesaria:
"Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida, por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien todo lo he perdido, y lo estimo como basura, a fin de ganar a Cristo." (Filipenses 3:8).
Este "estimar como basura" (o skubala en griego, refiriéndose a desechos) es el costo de la doctrina: desvalorizar lo mundano para valorar lo celestial.
En el proceso, el sufrimiento que acompaña a la obediencia no es un accidente ni un castigo, sino el medio por el cual nuestra fe se comprueba y se perfecciona, es una especie de forja y purificación a la vez. Santiago es enfático al respecto:
"Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia." (Santiago 1:2-3).
La paciencia que se produce aquí no es pasividad, sino la capacidad de mantener la dirección de la voluntad de Dios mientras se atraviesa el valle de sombra. El proceso de hacer Su voluntad nos obliga a depender de Su fuerza cuando la nuestra se agota, revelando que Su poder se perfecciona en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9). Es en el vacío de nuestras propias capacidades donde la voluntad de Dios se manifiesta con mayor potencia.
El Galardón inconmensurable o dimensión eterna de la recompensa
Si la dificultad es palpable, la recompensa es inconmensurable y trasciende la capacidad de nuestra mente finita para comprenderla. Los galardones no son premios perecederos en el cielo; son la manifestación eterna de una vida terrenal bien invertida.
El Señor Jesús establece una clara diferencia entre los tesoros terrenales y los celestiales:
"No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín destruyen, y donde ladrones se meten a hurtar; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín destruyen, y donde ladrones no se meten a hurtar." (Mateo 6:19-20).
Hacer la voluntad de Dios es el acto de transferir nuestros activos del reino temporal al reino eterno. Quienes logran perseverar en medio de la adversidad—quienes perdonan cuando les cuesta el alma, quienes sirven cuando están exhaustos, quienes esperan cuando la duda acecha—están acumulando riqueza espiritual.
Finalmente, la mayor de todas las bendiciones es la herencia prometida. No solo se trata de entrar al cielo, sino de participar activamente en el Reino restaurado. El mismo Jesús, al hablar de aquellos que sufrieron por Su nombre, promete una recompensa específica:
"Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Acercaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros." (Mateo 5:11-12).
La dificultad de la doctrina reside en que nos pide invertir hoy en algo que solo veremos plenamente mañana. Pero es precisamente esa fe en el futuro, esa certeza de que el dolor es temporal y que la gloria es eterna, lo que nos capacita para decir, con el corazón quebrantado pero firme: "Hágase tu voluntad."
Finalmente, debemos entender que hacer la voluntad de Dios no es una doctrina para ser entendida intelectualmente, sino una vida para ser vivida activamente. Es elegir la cruz cada mañana, sabiendo que al morir a nosotros mismos, encontramos la verdadera vida en Aquel que nos amó primero. Que al enfrentar el costo de la obediencia, nuestros ojos permanezcan fijos en el galardón, en el rostro de nuestro Salvador, y en la promesa de que, al final del camino, habremos escuchado la voz más dulce: "Bien, buen siervo y fiel."
Oro en este momento en el nombre de Jesús, para que el Señor nos dé a ti y a mí la fuerza necesaria para abrazar y hacer Su voluntad, incluso cuando tanto nos duela.
miércoles, 17 de septiembre de 2025
Vestimenta a la altura de la invitación
Anoche, mientras oraba, el Señor me llevó a leer el capítulo 22 del libro de Mateo, y la verdad terminó volándome la cabeza, primero porque no entendía lo que me quería revelar, y luego porque la revelación fue según mi punto de vista, muy fuerte. Se trata de lo crucial que es el valor que le damos a nuestra preparación al aceptar la invitación divina. Específicamente el pasaje de Mateo 22:8-14 nos ofrece una ilustración vívida y contundente de esta verdad.
En esta parábola, Jesús nos presenta a un rey que prepara una gran boda para su hijo. Tras la negativa y el desprecio de los primeros invitados, el rey, extiende su invitación a todo aquel que se encuentre en los caminos, "tanto malos como buenos". La sala de bodas se llena, pues la invitación estaba abierta a todos, sin distinción.
Sin embargo, la historia toma un giro decisivo cuando el rey entra a saludar a sus invitados. De repente, observa a un hombre que no lleva la vestimenta adecuada para una boda. En aquella cultura, era costumbre que el anfitrión proveyera la vestimenta apropiada para sus invitados, o al menos que se esperara que estos se prepararan con la indumentaria ceremonial necesaria. La ausencia de este vestido no era una mera falta de etiqueta, sino una profunda señal de desprecio hacia el rey, hacia el evento y hacia la generosidad de la invitación. El hombre había aceptado venir, había cruzado el umbral, pero había fallado en la preparación esencial que denotaba respeto y valoración.
Aquí es donde la revelación que tuve cobra una fuerza innegable: no basta con aceptar la invitación si no nos preparamos previo a llegar. Dios no solo anhela nuestra presencia; Él desea un corazón que valore la magnitud de lo que se le ofrece (en la boda se ofrecía un gran banquete). Así mismo, la salvación, la vida eterna, la comunión con Él no son un mero "pase libre" que se recibe sin compromiso. Son un llamado a una transformación, a un cambio de vida que se manifiesta en nuestra "vestidura espiritual".
Mientras más valoramos lo que Dios nos ha ofrecido, más nos preparamos para recibirlo. Si realmente entendemos el sacrificio de Cristo, la gloria de Su reino y el inmenso amor con que nos ama, por el cual se sacrificó por nosotros, nuestra respuesta natural será la de una preparación diligente. Esta preparación no es un intento de "ganar" la entrada, sino una demostración de gratitud y reverencia. Es un proceso de arrepentimiento, de dejar atrás el "viejo hombre" y de vestirnos con la justicia de Cristo, con la santidad que Él nos imparte y con los frutos del Espíritu.
Dios no solo busca que lleguemos a la invitación que nos hace; Él desea ver que valoramos lo que nos está ofreciendo y que nos preparamos para ello, independientemente del sacrificio que eso representa para nosotros. La "vestimenta de boda" en la parábola simboliza la nueva vida en Cristo, la obediencia, la fe genuina y el compromiso. Adquirir esta vestidura espiritual a menudo implica un sacrificio personal: renunciar a nuestros propios deseos, someter nuestra voluntad a la Suya, luchar contra el pecado, perdonar, amar a quienes nos ofenden. Estos son los "sacrificios en lo privado" que moldean y purifican nuestro espíritu.
El sacrificio que hacemos en lo privado, se reflejará en el resultado de nuestra vestidura espiritual, cuando estemos en público. La autenticidad de nuestra fe no se mide solo por nuestra asistencia a la "fiesta", sino por la condición de nuestro corazón y nuestra vida, por esa luz que refleje nuestro rosto, así como en lo natural muchas veces atraemos las miradas y la atención por la ropa que llevamos puesta. Esta vestidura espiritual, forjada en la intimidad con Dios, en la obediencia silenciosa y en la entrega personal, es lo que nos hace aptos para permanecer en Su presencia y disfrutar plenamente de Su banquete. El hombre sin el vestido adecuado fue echado, no porque no fuera invitado, sino porque su falta de preparación revelaba una falta de valor y respeto hacia la invitación y hacia el anfitrión.
Así, esta parábola de Jesús nos recuerda que la gracia es abundante, la invitación es universal, pero la respuesta esperada va más allá de un simple "sí, yo voy". Implica una transformación, una preparación del corazón y del espíritu que demuestra cuánto valoramos el inestimable privilegio de ser invitados al banquete del Rey. Es un llamado a la acción consciente y a la devoción sincera.
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