sábado, 27 de septiembre de 2025

La Difícil Doctrina de hacer la Voluntad de Dios

Al adentrarnos en el camino de la fe, es común que se nos presente la voluntad de Dios como un sendero de paz y bienestar constante. Sin embargo, la Escritura nos revela una verdad mucho más profunda y, a menudo, más ardua: la doctrina de hacer la voluntad divina es, inherentemente, una doctrina de sacrificio y perseverancia. No es una fórmula mágica para evitar el sufrimiento, sino la ruta hacia la plenitud eterna, aunque el trayecto esté lleno de espinas.

La voluntad de Dios, en su esencia más pura, exige una rendición total que choca frontalmente con nuestra naturaleza humana y nuestros deseos inmediatos. Jesús mismo, nuestro ejemplo supremo, nos mostró la crudeza de esta obediencia en Getsemaní. Él no pidió que se le quitara la copa, sino que se hiciera la voluntad del Padre.

Podríamos decir entonces que el costo de la obediencia genuina es una copa amarga.

Hacer la voluntad de Dios casi siempre implica ir a contracorriente de lo que el mundo nos ofrece y de lo que nuestra carne anhela. Requiere despojarse del ego y abrazar el camino estrecho. En Gálatas 5:17 el apóstol Pablo nos advierte sobre esta fricción constante:

"Porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; y éstos están en oposición, para que no hagáis lo que quisierais."

Esta lucha interna es el campo de batalla donde se define nuestra fidelidad. ¿Cuántas veces hemos sentido el llamado a perdonar cuando el dolor grita venganza? ¿Cuántas veces hemos sido llamados a la humildad cuando el orgullo nos empuja a exigir nuestro derecho? Jesús mismo nos recuerda que el discipulado tiene un precio:

"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame." (Mateo 16:24).

La cruz no era un adorno; era un instrumento de tortura y muerte. Seguir a Cristo, y por ende, hacer Su voluntad, implica morir diariamente a nuestros propios proyectos y abrazar aquello que, humanamente, parece una fatalidad. Los procesos son duros; las pruebas nos quiebran. El fuego de la aflicción no está diseñado para destruirnos, sino para refinar aquello que es digno de permanencia. Como bien se nos enseña:

"Someteos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo." (1 Pedro 5:6).

Lo que nos recuerda que hay un galardón inconmensurable, el cual representa la bendición del que permanece.

Si la doctrina fuera solo dolor, nadie la seguiría. Pero aquí reside la gloria de la promesa: aquellos que, a pesar del dolor, los procesos y las pruebas, deciden anclar su alma en la obediencia, cosechan recompensas que eclipsan cualquier sufrimiento terrenal. La bendición no es solo una recompensa futura; es una paz que sobrepasa todo entendimiento en medio de la tormenta.

La Palabra nos asegura que nuestra labor en el Señor nunca será en vano. Cuando el camino se hace cuesta arriba y las fuerzas flaquean, debemos recordar la promesa de perseverancia:

"Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados." (Romanos 8:28).

He optado por sombrear esta última parte de este famosísimo versículo, porque lo cierto es que muchos lo obvian, y lamentablemente, sin ella, la primera parte carece de sentido y veracidad, pero digamos que es otro tema, no salgamos del enfoque de que esta es la promesa central: que incluso el dolor y la dificultad son herramientas que Dios usa para cumplir Su propósito en nosotros. Pero el premio final, el galardón eterno, es el más grande de todos: la comunión íntima con el Creador. Jesús lo expresó con claridad, vinculando la obediencia a la residencia divina:

"Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor." (Juan 15:10).

Hacer la voluntad de Dios es la única vía para habitar en Su amor de manera consciente y constante. Además, se nos promete una herencia inmarcesible:

"Porque el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre." (1 Juan 2:17b).

Mientras que las glorias y riquezas de este mundo son pasajeras, la recompensa de la obediencia es la eternidad. Es un llamado a la paciencia activa, a la fe que actúa a pesar del miedo, y a la esperanza que se aferra a lo que no se ve.


El Crisol de la Fidelidad a Dios

"El crisol para la plata, y la hornaza para el oro; pero Jehová prueba los corazones."
Proverbios 17:3
 
Así como la fe es probada, también nuestra fidelidad a Dios lo será y creo que no hay mejor manera que al decidir hacer o no hacer Su voluntad, pues esta trasciende la mera aceptación pasiva; es una doctrina que nos exige una reestructuración completa de nuestra cosmovisión. Si bien es cierto que Dios es amor, Su voluntad opera bajo principios eternos que a menudo resultan incómodos para la sensibilidad terrenal. El camino de la obediencia no es una autopista sin peajes, sino un sendero que, para ser recorrido, demanda la desposesión activa de aquello que más atesoramos en esta vida, como lo son por ejemplo, tener el control, esperar en quietud o salir nuestra comodidad, y ahí es donde será probada nuestra fidelidad a Dios.

Hay una gran profundidad en lo que es el despojamiento, y esta va más allá de lo que es cargar nuestra cruz y seguirle

La dificultad de esta doctrina radica en que la voluntad de Dios no se manifiesta solo en grandes actos heroicos, sino en la micro-gestión de desapego de cada día, pues estamos apegados a tantas cosas que no nos permiten hacer la voluntad de Dios, que debemos reconocer que dejarlas atrás, soltarlas, representan para nosotros una pérdida tan fuerte como perder un miembro de nuestro cuerpo, quizás lo vemos como un ojo o una pierna, sin embargo, esto también habla del lugar en el que tenemos a Dios en nuestros corazones, y me trae a memoria el joven rico al que Jesús le dijo que vendiera todo y le siguiera, eso fue imposible para él, porque quería hacer lo bueno, pero sus riquezas estaban más cerca de su corazón que hacer la voluntad de Dios. Podríamos decir que en esencia, el proceso de ser moldeados conforme a la imagen de Cristo (quien hizo la voluntad del Padre a pesar de lo que esto conllevó), es un proceso inherentemente doloroso porque implica la fricción constante entre lo que somos por naturaleza y lo que estamos destinados a ser por gracia, pero que a la vez, nos conlleva una decisión, una elección que solo nosotros mismos de manera individual podemos tomar.

Si volvemos a la figura de Jesús, su obediencia no fue solo someterse a la crucifixión final, sino a la renuncia diaria de Su propia agenda terrenal. Esto nos enseña que la voluntad divina a menudo requiere que nos enfrentemos a sacrificios que no son dramáticos, sino silenciosos y constantes:

1.  El Sacrificio de la Visión Cortoplacista (fe): Se nos pide creer en lo invisible. Hebreos 11:6 nos recuerda que es necesario creer que Dios es, y que es galardonador de los que le buscan. La dificultad surge cuando la recompensa no es inmediata. ¿Cómo mantenemos la fe en la provisión cuando el pan no llega hoy? La voluntad de Dios nos exige confiar en el mañana divino por encima del hoy humano.

2.  El Sacrificio del Ego y la Identidad (rendición): La voluntad de Dios nos llama a un rol de siervos, no de señores. El mundo exalta la autoafirmación, pero el Evangelio exige la auto-negación. Este despojo incluye renunciar a la necesidad de tener la razón, de ser reconocidos o de controlar el resultado de nuestras oraciones. Pablo lo expresa en términos de pérdida necesaria:

"Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida, por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien todo lo he perdido, y lo estimo como basura, a fin de ganar a Cristo." (Filipenses 3:8).

Este "estimar como basura" (o skubala en griego, refiriéndose a desechos) es el costo de la doctrina: desvalorizar lo mundano para valorar lo celestial.

En el proceso, el sufrimiento que acompaña a la obediencia no es un accidente ni un castigo, sino el medio por el cual nuestra fe se comprueba y se perfecciona, es una especie de forja y purificación a la vez. Santiago es enfático al respecto:

"Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia." (Santiago 1:2-3).

La paciencia que se produce aquí no es pasividad, sino la capacidad de mantener la dirección de la voluntad de Dios mientras se atraviesa el valle de sombra. El proceso de hacer Su voluntad nos obliga a depender de Su fuerza cuando la nuestra se agota, revelando que Su poder se perfecciona en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9). Es en el vacío de nuestras propias capacidades donde la voluntad de Dios se manifiesta con mayor potencia.

El Galardón inconmensurable o dimensión eterna de la recompensa

Si la dificultad es palpable, la recompensa es inconmensurable y trasciende la capacidad de nuestra mente finita para comprenderla. Los galardones no son premios perecederos en el cielo; son la manifestación eterna de una vida terrenal bien invertida.

El Señor Jesús establece una clara diferencia entre los tesoros terrenales y los celestiales:

"No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín destruyen, y donde ladrones se meten a hurtar; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín destruyen, y donde ladrones no se meten a hurtar." (Mateo 6:19-20).

Hacer la voluntad de Dios es el acto de transferir nuestros activos del reino temporal al reino eterno. Quienes logran perseverar en medio de la adversidad—quienes perdonan cuando les cuesta el alma, quienes sirven cuando están exhaustos, quienes esperan cuando la duda acecha—están acumulando riqueza espiritual.

Finalmente, la mayor de todas las bendiciones es la herencia prometida. No solo se trata de entrar al cielo, sino de participar activamente en el Reino restaurado. El mismo Jesús, al hablar de aquellos que sufrieron por Su nombre, promete una recompensa específica:

"Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Acercaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros." (Mateo 5:11-12).

La dificultad de la doctrina reside en que nos pide invertir hoy en algo que solo veremos plenamente mañana. Pero es precisamente esa fe en el futuro, esa certeza de que el dolor es temporal y que la gloria es eterna, lo que nos capacita para decir, con el corazón quebrantado pero firme: "Hágase tu voluntad."

Finalmente, debemos entender que hacer la voluntad de Dios no es una doctrina para ser entendida intelectualmente, sino una vida para ser vivida activamente. Es elegir la cruz cada mañana, sabiendo que al morir a nosotros mismos, encontramos la verdadera vida en Aquel que nos amó primero. Que al enfrentar el costo de la obediencia, nuestros ojos permanezcan fijos en el galardón, en el rostro de nuestro Salvador, y en la promesa de que, al final del camino, habremos escuchado la voz más dulce: "Bien, buen siervo y fiel."

Oro en este momento en el nombre de Jesús, para que el Señor nos dé a ti y a mí la fuerza necesaria para abrazar y hacer Su voluntad, incluso cuando tanto nos duela.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Vestimenta a la altura de la invitación

Anoche, mientras oraba, el Señor me llevó a leer el capítulo 22 del libro de Mateo, y la verdad terminó volándome la cabeza, primero porque no entendía lo que me quería revelar, y luego porque la revelación fue según mi punto de vista, muy fuerte. Se trata de lo crucial que es el valor que le damos a nuestra preparación al aceptar la invitación divina. Específicamente el pasaje de Mateo 22:8-14 nos ofrece una ilustración vívida y contundente de esta verdad.


En esta parábola, Jesús nos presenta a un rey que prepara una gran boda para su hijo. Tras la negativa y el desprecio de los primeros invitados, el rey, extiende su invitación a todo aquel que se encuentre en los caminos, "tanto malos como buenos". La sala de bodas se llena, pues la invitación estaba abierta a todos, sin distinción.

Sin embargo, la historia toma un giro decisivo cuando el rey entra a saludar a sus invitados. De repente, observa a un hombre que no lleva la vestimenta adecuada para una boda. En aquella cultura, era costumbre que el anfitrión proveyera la vestimenta apropiada para sus invitados, o al menos que se esperara que estos se prepararan con la indumentaria ceremonial necesaria. La ausencia de este vestido no era una mera falta de etiqueta, sino una profunda señal de desprecio hacia el rey, hacia el evento y hacia la generosidad de la invitación. El hombre había aceptado venir, había cruzado el umbral, pero había fallado en la preparación esencial que denotaba respeto y valoración.

Aquí es donde la revelación que tuve cobra una fuerza innegable: no basta con aceptar la invitación si no nos preparamos previo a llegar. Dios no solo anhela nuestra presencia; Él desea un corazón que valore la magnitud de lo que se le ofrece (en la boda se ofrecía un gran banquete). Así mismo, la salvación, la vida eterna, la comunión con Él no son un mero "pase libre" que se recibe sin compromiso. Son un llamado a una transformación, a un cambio de vida que se manifiesta en nuestra "vestidura espiritual".

Mientras más valoramos lo que Dios nos ha ofrecido, más nos preparamos para recibirlo. Si realmente entendemos el sacrificio de Cristo, la gloria de Su reino y el inmenso amor con que nos ama, por el cual se sacrificó por nosotros, nuestra respuesta natural será la de una preparación diligente. Esta preparación no es un intento de "ganar" la entrada, sino una demostración de gratitud y reverencia. Es un proceso de arrepentimiento, de dejar atrás el "viejo hombre" y de vestirnos con la justicia de Cristo, con la santidad que Él nos imparte y con los frutos del Espíritu.

Dios no solo busca que lleguemos a la invitación que nos hace; Él desea ver que valoramos lo que nos está ofreciendo y que nos preparamos para ello, independientemente del sacrificio que eso representa para nosotros. La "vestimenta de boda" en la parábola simboliza la nueva vida en Cristo, la obediencia, la fe genuina y el compromiso. Adquirir esta vestidura espiritual a menudo implica un sacrificio personal: renunciar a nuestros propios deseos, someter nuestra voluntad a la Suya, luchar contra el pecado, perdonar, amar a quienes nos ofenden. Estos son los "sacrificios en lo privado" que moldean y purifican nuestro espíritu.

El sacrificio que hacemos en lo privado, se reflejará en el resultado de nuestra vestidura espiritual, cuando estemos en público. La autenticidad de nuestra fe no se mide solo por nuestra asistencia a la "fiesta", sino por la condición de nuestro corazón y nuestra vida, por esa luz que refleje nuestro rosto, así como en lo natural muchas veces atraemos las miradas y la atención por la ropa que llevamos puesta. Esta vestidura espiritual, forjada en la intimidad con Dios, en la obediencia silenciosa y en la entrega personal, es lo que nos hace aptos para permanecer en Su presencia y disfrutar plenamente de Su banquete. El hombre sin el vestido adecuado fue echado, no porque no fuera invitado, sino porque su falta de preparación revelaba una falta de valor y respeto hacia la invitación y hacia el anfitrión.

Así, esta parábola de Jesús nos recuerda que la gracia es abundante, la invitación es universal, pero la respuesta esperada va más allá de un simple "sí, yo voy". Implica una transformación, una preparación del corazón y del espíritu que demuestra cuánto valoramos el inestimable privilegio de ser invitados al banquete del Rey. Es un llamado a la acción consciente y a la devoción sincera.

lunes, 4 de agosto de 2025

El Evangelio No Se Modernizó Con el Pasar del Tiempo

Aunque muchos se han confundido, al igual que Dios, el evangelio sigue siendo el mismo de ayer y será el mismo siempre. No es una doctrina que se adapte a las modas ni a las circunstancias cambiantes de la sociedad, sino una verdad eterna e inmutable que trasciende generaciones y culturas. La Escritura nos asegura que “el cielo y la tierra pasarán, pero las palabras de Dios no pasarán” (Mateo 24:35), y que “Su palabra permanece para siempre” (Isaías 40:8). El mensaje de salvación que Jesús proclamó hace más de dos mil años no necesita modernizarse ni suavizarse para ser relevante; su poder radica precisamente en su pureza y fidelidad a la voluntad divina. Cuando buscamos acomodar el evangelio a nuestros propios deseos o a las tendencias pasajeras del mundo, perdemos de vista su esencia y nos alejamos del compromiso radical que Dios espera de cada uno de nosotros. Por eso, es urgente volver al fundamento sólido de la Palabra, para entender que seguir a Cristo implica una transformación profunda y una entrega total, más allá de apariencias o tradiciones superficiales.

El Señor está anhelando una verdadera revolución en el evangelio que se predica y se modela hoy día. Se acerca la hora en que Dios revelará con claridad que la salvación implica mucho más de lo que durante largo tiempo se ha creído como suficiente. Ya no podemos conformarnos con una relación superficial con Él, basada solamente en la apariencia externa de ser cristiano. El cristianismo auténtico demanda una entrega total, un compromiso profundo y una transformación real del corazón.

Dios no busca solo labios que profesen fe, sino corazones dispuestos a obedecer y vivir conforme a Su voluntad. La Escritura nos advierte que no todos los que dicen “Señor, Señor” entrarán en el Reino de los cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre (Mateo 7:21). La salvación no es un simple título ni una etiqueta social, sino una experiencia viva que se refleja en frutos de santidad y amor (Juan 15:5-8).

Es tiempo de despertar y entender que el camino hacia la vida eterna exige perseverancia, humildad y un corazón contrito (Salmo 51:17). El apóstol Pablo nos recuerda que “la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:17), porque la verdadera fe produce cambios visibles y duraderos en nuestra manera de vivir.

Dios llama a un pueblo santo, apartado para Él, quienes no solo aceptan Su gracia (lo cual es bastante cómodo y agradable), sino que también caminan en obediencia y buscan Su rostro con sinceridad (2 Corintios 6:17). Aquellos que perseveran hasta el fin serán salvos (Mateo 24:13), porque la salvación es un proceso continuo de crecimiento espiritual y entrega diaria.

No permitamos que la comodidad o la rutina nos engañen; el Señor exige un compromiso genuino y radical. Procuremos en este tiempo profundizar nuestra relación con Él, dejar atrás lo superficial y abrazar plenamente el propósito para el cual fuimos llamados: ser luz en medio de las tinieblas y testigos fieles de Su amor transformador (Mateo 5:14-16).

A pesar de la modernidad que nos rodea y los cambios culturales que experimentamos día a día, el Evangelio permanece inmutable. Es necesario detenernos y reflexionar: ¿qué se ha perdido en nuestra comprensión y práctica del Evangelio? ¿Qué convicciones y compromisos que Dios demandó desde el principio están siendo relegados o ignorados bajo la excusa de “modernizar” la fe?

El apóstol Pablo nos recuerda que “el evangelio que os he predicado, el cual no recibisteis como palabra de hombres, sino como realmente es, palabra de Dios” (1 Tesalonicenses 2:13). No fue un mensaje adaptado a modas o tendencias pasajeras, sino una verdad eterna. El llamado a la santidad sigue vigente: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:16), y esta demanda no cambia con las épocas.

En un mundo que promueve la comodidad y relativismo, debemos recordar que Jesús nos llamó a tomar nuestra cruz y seguirle (Mateo 16:24), un compromiso de entrega total, no de conveniencia. La gracia no es licencia para vivir en pecado, sino poder para vivir en justicia (Romanos 6:1-2). No podemos permitir que prédicas “light” o doctrinas diluidas desvirtúen el mensaje puro del Evangelio, y peor aun, que sean las que nos cautiven y nos atraigan para no sentir que sacrificamos nada.

La comunidad cristiana está llamada a vivir en amor genuino y servicio sacrificial, tal como Cristo nos amó (Juan 13:34-35). Esto implica renunciar al egoísmo y a la superficialidad espiritual que muchas veces se disfraza de modernidad y amor propio. El fruto del Espíritu debe ser evidente en nuestras vidas (Gálatas 5:22-23), señal clara de que seguimos siendo transformados por el poder del Evangelio.

La Palabra de Dios sigue siendo lámpara a nuestros pies y luz en nuestro camino (Salmo 119:105), no un libro para acomodar según las ideas del tiempo. La fidelidad al Evangelio implica mantener firmes las doctrinas esenciales como la divinidad de Cristo (Colosenses 2:9), la resurrección (1 Corintios 15:14) y la salvación solo por gracia mediante la fe (Efesios 2:8-9).

Hoy más que nunca necesitamos volver a lo fundamental, recordando que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8). Que nuestra fe no se base en modas pasajeras sino en la roca firme del Evangelio eterno.

jueves, 31 de julio de 2025

Una Mamá Gallina que pierde sus polluelos

“Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados, ¿cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus polluelos bajo sus alas, y no quisiste?” (Mateo 23:37).

Estas palabras de Jesús nos muestran un amor profundo, un deseo ardiente de proteger y reunir a sus hijos bajo su cuidado. La imagen de la gallina que protege a sus polluelos bajo sus alas es tierna y llena de esperanza. Sin embargo, también encierra una verdad dolorosa: no todos permanecen bajo esa protección divina; muchos se pierden.

El amor maternal: un regalo divino

Querida madre, sé que tu amor por tus hijos es inmenso. Sé que tu deseo más profundo es protegerlos, cuidarlos, asegurarte de que tengan todas las cosas materiales que quizás tú no tuviste y evitarles cualquier dolor o dificultad. Pero hoy quiero hablarte con el corazón en la mano: ese amor, cuando no está guiado por la sabiduría y la Palabra de Dios, puede ser una trampa peligrosa que lleve a tus hijos a perderse en el mundo.

Ser madre es participar de un amor similar al que Dios tiene por nosotros. La Biblia nos muestra en múltiples pasajes cómo Dios se relaciona con su pueblo como un padre o madre amoroso (Isaías 66:13, Oseas 11:3-4). Esa imagen de la gallina es una metáfora perfecta para entender cómo el cuidado maternal busca cobijar, alimentar y proteger.

Pero ser madre también implica una responsabilidad enorme: enseñar a los hijos a caminar por sí mismos. Proverbios 22:6 nos instruye: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. No es solo protegerlos físicamente sino guiarlos espiritualmente. 

El peligro de la sobreprotección mal entendida

Proteger no es solo cubrirlos para que no sufran; proteger es también prepararlos para enfrentar el mundo con fe, dignidad y fortaleza espiritual. Cuando por miedo o por querer evitarles problemas les das todo sin enseñarles a discernir entre lo bueno y lo malo, cuando no corriges con amor ni les enseñas a amar y temer a Dios, estás dejando una puerta abierta para que el enemigo entre.

Proverbios 13:24 nos recuerda con claridad: “El que detiene el castigo aborrece a su hijo; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige.” No corregir ni disciplinar por miedo a causar incomodidad puede sembrar semillas de rebeldía o ignorancia espiritual.

El problema surge cuando el amor se convierte en miedo disfrazado de protección. Cuando el temor a que reciban una lección dolorosa, pero necesaria, lleva a las madres a impulsar a sus hijos a que ataquen aun a quienes podrían hacerles mucho bien o apoyarlos en su proceso, limitando su formación y oportunidad para crecer y aprender.

Es importante comprender que el exceso de protección puede ser una forma involuntaria de egoísmo emocional. Se protege no solo por amor sino también por miedo a que experimenten dolor o que algo pueda causarles una caída, aun cuando podemos estar conscientes de que es lo que ese hijo necesita para formarse en humildad, carácter y que se cree en él un corazón conforme al corazón de Dios. 

Sin embargo, esto puede resultar en:

- Falta de autonomía certera

- Dependencia emocional

- Rebeldía o distanciamiento

 

Eclesiastés 3:1 nos recuerda: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.” Hay un tiempo para protegerlos de los peligros inmediatos, pero también llega el tiempo de reaccionar y darnos cuenta de que nosotros mismos somos la amenaza.

 Cuando el amor se convierte en ceguera

 Es natural querer protegerlos del dolor, pero no podemos olvidar que hay dolores necesarios para crecer en madurez espiritual. Cuando permitimos que los hijos sean expuestos sin defensa al pecado porque no les enseñamos los principios eternos del Reino de Dios, estamos fallando en el propósito divino.

En Deuteronomio 6:6-7, se nos manda enseñar constantemente a nuestros hijos las palabras del Señor; sin embargo, sabemos que llegará el día en que ellos caminarán solos, y que si es de Dios que en ese andar sean quebrantados por Él, para sacar o exponer la piedra preciosa que llevan dentro, entonces no hay amor de madre suficiente que deba detener ese proceso.

Jesús mismo lamentó la obstinación de Jerusalén al decir: “¿Cuántas veces quise juntar a tus hijos... y no quisiste?” Es un lamento porque aunque Él quiso protegerlos, ellos no quisieron recibir Su protección ni Su guía. Este es otro caso, en donde quizás te has esforzado por guiarlos e instruirlos desde niños como nos manda la palabra, pero no has logrado que no se aparten del camino, en ese caso, nadie más que Jesús, que es la vía para llegar al Padre podrá hacerlos volver al redil, deja que él lo haga, porque podrá dolerles durante un tiempo, pero después de que sufran un tiempo, Dios mismo en su amor, los hará firmes, fuertes y estables.

En Salmos 127:3-5 se declara que los hijos son herencia del Señor y recompensa; pero como herencia valiosa, deben ser guiados hacia la madurez espiritual y personal, lo cual en ocasiones requiere soltarlos.

El riesgo real: perderlos en las vanidades del mundo

Las vanidades del mundo son muchas: el deseo desmedido por las cosas materiales, la búsqueda insaciable de aprobación social, la inmoralidad disfrazada de libertad, la idolatría moderna hacia el dinero o la fama.

Cuando una madre cede ante estas presiones o busca complacer más a sus hijos que guiarles hacia Dios, está sembrando terreno fértil para la pérdida espiritual.

1 Juan 2:15-16 nos advierte: “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo... porque todo lo que hay en el mundo... no proviene del Padre sino del mundo.”

Es fundamental enseñarles desde pequeños a valorar lo eterno sobre lo temporal, lo espiritual sobre lo material. 

La responsabilidad sagrada de enseñar con firmeza y amor

Efesios 6:4 nos exhorta claramente: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.”

Esto significa:

- Instrucción constante: No basta solo decir “ora” o “ve a la iglesia”. Es necesario sentarse con ellos diariamente para leer la Biblia juntos, explicarles con paciencia cada historia y enseñanza. Deuteronomio 6:6-7 dice: “Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos...”  

-Disciplina amorosa: Corregir sin gritos ni ira, pero con firmeza para enseñarles límites divinos.  

- Oración constante: La oración es nuestra arma más poderosa para interceder por ellos (Colosenses 4:2).  

- Ejemplo vivo: Vivir según lo que predicamos es fundamental (Proverbios 20:7).

La paradoja del amor verdadero 

El amor auténtico no aprisiona ni controla; libera. Isaías 40:11 describe cómo Dios cuida “apacentando su rebaño en su brazo” y llevando “en el seno a los corderos.” Así también todos llamados a amar.

Una madre sobreprotectora puede sin querer convertirse en una barrera invisible entre el plan de Dios y ellos, y a su vez, entre ellos y Dios. Cuando proteges demasiado por miedo o inseguridad, puede provocar que los hijos entiendan que dependen de ti y de los hombre en general, pero no de Dios.

Recordemos a Agar (Génesis 21): Dios cuidó también de Ismael cuando fue enviado lejos. A veces soltar es parte del plan divino para entender que Dios no tiene una única forma o un solo lugar para bendecir.

Fortaleciendo tu corazón como madre

Sé que hay días donde el cansancio pesa y la incertidumbre asoma su sombra. Sé también que verás errores y caídas en tus hijos que te hará doler mucho el corazón. Pero no pierdas la fe ni la esperanza.

Hebreos 12:11 nos anima diciendo: “Ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo... pero después da fruto pacífico de justicia.” 

Tu labor puede parecer invisible muchas veces pero es fundamental para moldear vidas eternas y encaminarlos a su verdadero propósito, no deje que ningún placer momentáneo te lleve a dar malas cuentas cuando llegue el día del juicio sobre los tesoros que te fueron entregados (tus hijos).

Un llamado final lleno de esperanza

Madre, tú no estás sola. Dios conoce cada lágrima derramada por tus hijos y cada oración hecha en secreto. Confía en Él más allá de tus miedos.

Entrega hoy mismo tu corazón renovado al Señor para ser una guía sabia y amorosa. Enséñales no solo con palabras sino con vida entregada al Señor Jesús. 

Medita siempre esta verdad poderosa:

“Señor, aunque mi amor de madre es grande, reconozco que Tu amor es aún mayor. Que Tu voluntad se cumpla en mis hijos antes que mis propios deseos. Protégelos bajo Tus alas eternas.”

Que esta meditación te fortalezca hoy para amar con una fe profunda y genuina que te haga ver que tu amor por tus hijos nunca será más grande que el amor que Dios tiene por cada uno de ellos, y que son Sus planes para sus vidas los que deben prevalecer, no los tuyos, los de de ellos mismos, ni los de nadie más, los de Dios, pero para conocerlos, se deben alinear a lo espiritual a un nivel mucho más profundo de hasta donde han llegado, sin doblez de ánimo, sin pecado, sin maldad, y aunque te duela, todo esto conllevará quebrantamiento, no se lo impidas, déjalos crecer, te lo agradecerán y tú también alcanzarás plenitud al verlos madurar espiritual y emocionalmente. Porque solo así tus polluelos podrán volar alto y regresar siempre al nido cuando necesiten descanso. 

Quiero orar por ti:

Padre celestial, Dios de amor infinito y sabiduría perfecta,

Hoy vengo ante Ti orando por esta madre que lee este post en este momento, para que reconozca que su amor por sus hijos es profundo y verdadero, pero que también reconozca que a veces ese amor la ciega y la hace querer controlar más de lo que debe. 

Te pido, Señor, que le des un corazón humilde y obediente, que no se aferre con miedo ni egoísmo a lo que cree mejor para sus hijos, sino que confíe plenamente en Tu amor y Tu plan perfecto para sus vidas.

Que así como dice Tu palabra en Proverbios 3:5-6: “Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas.” Tú la ayudes a confiar en Ti más que en sus propios temores.

Señor, enséñala a soltar con fe, que sepa que Tú amas a sus hijos aún más que ella misma. Como Tú mismo dijiste en Mateo 23:37: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus polluelos bajo sus alas!”; Tú eres el protector perfecto, y ella solo debe ocupar su lugar de instrumento de Tu cuidado hacia ellos.

Padre amado, guíala para que el plan o la voluntad  que ella tenga para sus hijos no sea egoísta o miedo disfrazado de amor, sino Tu voluntad que es buena, agradable y perfecta. Tal como dice Romanos 12:2: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento...” Ayúdala a renovar su mente para aceptar Tu propósito divino sobre sus hijos. 

Que ella pueda amar sin ataduras ni cadenas, enseñar sin sofocar y soltar sin perder la paz. Que su oración constante sea un puente hacia Ti por ellos, confiando siempre en que Tú eres quien los sostienes.

Te pido que ella deposite en ti su esperanza y su confianza. Que a diario ella ore para que cada paso de sus hijos esté bajo Tu mirada protectora, pero también correctiva para que sus vidas reflejen Tu gloria.

Gracias porque Tú eres fiel y justo para cumplir todas Tus promesas. Gracias por tu inmenso amor por cada madre que ha leído, como por cada uno de sus hijos. En el nombre poderoso de Jesús, 

Amén.



 

viernes, 4 de julio de 2025

El Desierto es un Campo de Entrenamiento

El desierto físico es un lugar de aridez, soledad y pruebas; un territorio donde la supervivencia se vuelve difícil, donde el agua escasea y el calor agobia. Sin embargo, es precisamente en ese espacio inhóspito donde se forjan la fortaleza y la resistencia. El desierto purifica al cuerpo, lo despoja de lo superfluo y lo prepara para el siguiente capítulo.


De manera semejante, Dios nos lleva al desierto espiritual antes de concedernos sus bendiciones. Es un tiempo de prueba, de silencio y aparente vacío, donde nuestras fuerzas parecen flaquear y la esperanza puede tambalear. Pero en ese “desierto” interior, Dios trabaja en nuestro corazón; nos purifica, nos enseña a depender completamente de Él y a reconocer que sin Su guía nada podemos hacer.

Así como el desierto físico prepara al cuerpo para la vida, el desierto espiritual prepara el alma para recibir la bendición divina en plenitud. En ambos casos, el desierto no es un castigo sino un lugar de transformación y preparación. La sequedad da paso a la frescura, la soledad a la comunión profunda con Dios, y la prueba a la victoria.

Los expertos en supervivencia en el desierto saben que para atravesar con éxito ese ambiente hostil deben seguir ciertas prácticas esenciales: buscar fuentes de agua, conservar energía, protegerse del sol abrasador y mantener la calma ante la adversidad. De igual modo, durante nuestro desierto espiritual podemos aplicar principios bíblicos para salir fortalecidos:

1. Buscar agua viva: Jesús dijo: “El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás” (Juan 4:14). En medio del aridez espiritual, debemos buscar esa fuente inagotable de vida que es Dios mismo.

2. Conservar fuerzas con oración y meditación: Como Moisés pasó cuarenta días en ayuno y oración (Éxodo 34:28), nosotros también debemos alimentar nuestra alma con la Palabra de Dios para resistir.

3. Protegernos con fe: La fe es nuestro escudo contra las dudas y los ataques (Efesios 6:16). Así como en el desierto físico usamos ropa adecuada para protegernos del sol, la fe nos protege en el desierto espiritual.

4. Mantener la calma y paciencia: El rey David escribió: “Espera a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón” (Salmo 27:14). La paciencia es clave para atravesar tiempos difíciles sin perder el rumbo.

5. Caminar guiados por Dios: Así como un experto usa una brújula o mapa para no perderse, nosotros debemos permitir que el Espíritu Santo nos guíe (Salmo 32:8).

No podemos perder de vista que tanto en el desierto físico como en el espiritual hay dificultad pero también propósito. Dios no nos abandona ni deja al azar nuestros pasos; Él usa esos momentos para moldearnos y prepararnos para las bendiciones que vendrán. Al igual que los expertos sobreviven al desierto siguiendo sabias estrategias, nosotros debemos aplicar principios divinos para salir victoriosos del desierto del alma.