Llevaba ya muchos años de una vida ordinaria, en
una aburrida casa pintada de colores opacos y unos muebles, ¡que muebles! Antiquísimos,
con un típico hueco de las al menos cinco mil horas que se había sentado en ellos
a soñar con lo que sería una vida agradable y divertida, pero nunca pasaba de eso,
solo sabía soñar, no accionar.
Así pasaba su vida años tras año, pero ni
cuenta se daba, a veces se prometía cambios para inicio de año nuevo, y no le
quedaba otra cosa que repetirse esa misma promesa en un próximo año, envejecía,
su cuerpo cambiaba, en su cabeza comenzaban a observarse canas, sus
conocimientos se apocaban y su espíritu, su espíritu moría un poco más, día
tras día…
Rechazaba prácticamente todas las invitaciones
de amigos y familiares alegando tener demasiados pendientes, las pocas veces
que las aceptaba porque se hacían inevitables, programaba una alarma en su
celular, para poder simular tener una llamada urgente y justificar retirarse de
inmediato, esto era más que necesario, era su salvación, necesitaba evadir las
preguntas acerca de su vida, necesitaba librarse de escuchar los éxitos de las personas
que sí intentaban, que soñaban pero también luchaban por alcanzar sus sueños,
de las personas que sí vivían.
Un día despertó con intención de pasar
inventario a su vida, comenzó por contar los logros, recordó que hacía 12 años
logró terminar el bachillerato y entrar a la universidad, la de sus sueños, en
la que permaneció unos seis meses y no terminó la carrera, ah pero porque logró
conseguir un empleo, sí, el soñado trabajo de cajero bancario, ahí donde
permanece aún, 12 años después en el mismo puesto y con casi el mismo salario… recordó
esa presentación de baile en la que alcanzó merecer la posición de bailarín
principal, porque era bueno en ello, era su pasión, pero no continuó bailando
porque la chica que le gustaba no sabía bailar y no quería que lo rechazara por
sentirse menos que él si se hacía un bailarín famoso, de hecho, logró hacerse
novio de ella a los 19 años, era a quien amaba desde que tenía 17, la misma que
hoy está casada, tiene tres hijos y es feliz con el que era su mejor amigo, sí,
porque para ella fue inevitable enamorarse de la autenticidad de él, su vida en
constante cambios, sin monotonías, con visión y planes futuros, recordar esto le
dolió mucho, necesitó parar un buen rato, tomó una cerveza, se echó al piso, no
pudo evitar que dos lágrimas rodaran por sus mejillas; luego continuó, recordó
que había logrado hacer amigos, sí, muchos amigos, de los cuales ya no tenía
ninguno, porque los evadía, porque en la forma introvertida que había adoptado,
no había espacio para amigos con quienes compartir, total, de qué les hablaría
si prefería callarse sus cosas, sus penas, y si en algún momento hubo, también
sus alegrías, ah pero sonrió, sonrió al recordar que consiguió adquirir el auto
con el que soñaba desde niño, un auto que posiblemente estaba dañado por el desuso,
porque hacía cuatro años que decidió ir caminando al trabajo y sabes qué? Esa era
su única salida cinco veces a la semana, y finalmente, pasó inventario a su
economía, tenía un buen dinero ahorrado en el banco para el que trabajaba, en
verdad era mucho, pues no había una sola razón que le hiciera gastar, pero al
pensar en ello, en que esto era lo único que tenía, lo único que había
alcanzado en la vida, su pecho dolió, dolió mucho, sus venas sanguíneas
crecieron, su corazón se aceleró, sus ojos lloraron como nunca les permitió que
lo hicieran y de repente algo estalló dentro de él.
Los doctores forenses dijeron que fue un
infarto.